viernes, 25 de marzo de 2011

Palabras para el desánimo

El miedo al sufrimiento me aterra, me paraliza. Provoca escalofríos en mi piel. Despierta sentimientos aletargados, hivernantes todavía tras el eterno sueño antes de la primavera.
El tiempo me envuelve de forma pesimista, caótica, como toda yo... pero esta vez pesándome en las piernas como un inevitable lastre que debo arrastrar.
No es buen momento para el optimismo. Tal vez mañana. Hoy no... por desgracia.
Las palabras se me atragantan en la garganta.
Mis hombros se hunden bajo las cintas de mi cargada mochila. Debería vaciarla. Debería deshacerme de lo innecesario. Vaciar para poder llenar con otras cosas, tal vez mejores... seguro que diferentes.
Me coloqué mis gafas de sol antes de que amaneciera y ahora su cristal oscuro me devuelve una realidad del mismo color... grisácea, pálida, distorsionada por la falta de luz.
El desánimo llamó a mi puerta e, ingenua de mí, le abrí, sin siquiera conocerle. Entró como lo haría un intruso indeseable en tu estancia más íntima... en silencio, sin avisar, sin pedir permiso para instalarse y cambiar la ubicación de tu ropa interior en los cajones.
Sé que ahora está debajo de la cama, escondido, agazapado en la oscuridad, sin ofrecerme una señal obvia de que realmente está allí. Pero yo sé que está allí. Yo le abrí la puerta, y ahora deberé volver a abrirla para que se marche.
Es probable que esto no sea necesario. Tal vez se dé cuenta que en mi armario no guardo comida, que no puedo alimentarle y que debe encontrar otro lugar mejor donde instalarse.
Entonces, tal vez, podré tomar conciencia y alegrarme de que sólo se trató de una breve e inesperada visita que se equivocó de domicilio.
Que así sea.