Hoy, por primera vez, he podido visitarte.
Si no lo he hecho antes, no pienses que ha sido por descuido. No creas tampoco que te había olvidado, ya que cada día le dedico un momento a tu memoria.
Imaginarte tumbado en tu lecho de piedra y mármol me resulta insoportable.
Porque ya no es tu ausencia lo que más duele, sino la eternidad de la misma. Pensar que para este viaje no hay billete de vuelta, que te fuiste y no volverás nunca más. Prefiero imaginarte ausente pero con presencia impalpable, brindándonos tu sutil apoyo cada día, a cada momento, con casi inapreciables gestos, con sutilezas engañosas, como haciéndonos un guiño desde algún lugar incomprensible e inalcanzable... pero a la vez cercano.
El calor del sol me ha reconfortado, el tiempo regalado por la casualidad ha templado mi ánimo. Me he sentido cómoda. Fantaseaba imaginándome rodeada de seres del pasado, transparentes y silenciosos. He llorado por todos ellos, sintiéndome de alguna extraña forma unida a sus desenlaces, sufriendo por su marcha y por la pérdida derivada de la misma.
He llorado por tí y por la que en su día lloraste tú. Acepto tu marcha. Acepto que te fueras. Acepto que nunca más volveré a disfrutarte... pero aún así mi mente se empeña en imaginarte volviendo de tu extraño viaje, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si todo lo ocurrido fuera fruto de un instante fugaz de sueño.
Deseo cerrar un capítulo de éste, mi libro, y poder seguir avanzando por los senderos de la vida, pero ésta vez sin ninguna piedra en mi zapato. Aceptando la realidad y volviendo la vista atrás únicamente para sonreir por lo bello del paisaje que dejé, pero centrándome en el prado de bellas flores que me espera más adelante. La vida me ayudará. Y, en cierta forma, sé que tú también.
Te quiero papá.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)